Los días que se avecinan son de emociones. Hasta los más descreídos, aquellos que tienen el alma de acero y la piel de mantequilla no pueden evitar, aunque sea un poquito y en momentos puntuales, dejarse llevar por el torrente de sentimientos que la Navidad despierta. Es inevitable, creo, pese a que la mezcla de alegría y dolor puede repartirse a partes iguales en una hipotética balanza.
Con seguridad son los más pequeños quienes suman mayor turbación en el tobogán de imágenes que circulan por sus ojos durante este tiempo, dicen, de armonía, de familia y de regreso de los seres queridos al hogar. Una emotividad de la que es difícil abstraerse, a no ser que no dispongas ni de alma ni de armario y que todo, o casi todo, te traiga al pairo, que no es mi caso.
Y luego está la parafernalia que acompaña las celebraciones familiares y religiosas. En un mundo el que el consumo es el Dios que todo lo avasalla, aquellos que domeñan el marketing y la publicidad son capaces de vender hasta una burra coja y vieja, si el envoltorio dibuja estrellas de colores y suena a villancico sabanero.
Pero no desesperen. Regresen a su niñez. Ríndanse a los colores de las luces que adornan cada casa, cada calle y cada plaza de nuestras ciudades y sus dibujos imposibles. Son tiempos de abandonarse a la felicidad, a la nostalgia y a los sentimientos. Cualquier otro concepto descártenlo, que para la batalla diaria por la supervivencia queda el resto del año. Feliz Navidad a todos/as.
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